No hay que dejarse engañar por boludeces así.
Una imagen que tomo prestada (robo) de Lee Ranaldo para empezar: Siempre amé los postes de teléfono apilados y rellenándose archivados en la distancia del horizonte naranja plateado, y las torres de acero gigantes estacionadas como aliens en campos acres. Todos los caminos disparados; campos quemados, lagos, granjas, ciudades fabulosas. Me gusta escribir en el auto porque el proceso es un arroyo de imágenes desenrollándose como cinta, como un film.
Podría hablar con la persona en la que pienso en este momento por horas, días, años. Pero viviendo, si no se acabarían las palabras, o, la otra (mejor) opción: la creación de un mundo particular lleno de imágenes compartidas, lleno de signos comunes, otro mundo fuera de la muerte, en vida.
Cosas así son las que uno tiene en cuenta en el momento exacto en el que ciertas razones para vivir se descubren. Aunque no importe cuánto uno logre o cuánto uno haga, eso no va a salvarnos, y, por eso mismo, podemos apreciar las razones por las cuales no vale la pena el juego fútil de intentar salvarse de algo que es irreversible y atroz, eso que algunos, como yo, llaman vivir, y que otros simplemente no lo llaman de ninguna forma porque simplemente lo hacen.
Como cuando uno junta monedas, así es el proceso de juntar memorias de gente: amados, odiados, padre, madre, mujeres importantes, mujeres abandonadas y heridas, buenas acciones, malas acciones; ninguna de esas cosas suman a la hora de salvarse, y nada, nada de lo dicho por las quimeras celestes tiene sentido a la hora de sumar el peso de lo vivido.
Sin embargo (el tan esperado) cosas como esos diálogos sin fin, cosas como esos diálogos sin fin en la costanera, en el departamento, en cualquier bar de cualquier mundo, a uno lo salvan, aunque sea un instante. Aunque sea contradictorio, como todo. Aunque no sea cierto. Nos salvan. Aún más los abrazos, los besos. Aún más la empatía, esa metacomunicación del alma.
Los colores dicen cosas: charlas verdes, charlas azules, rojas, violetas, grises.
Y en la noche profunda los colores se fundían encadenándose los acordes de los trémulos cuerpos que éramos en la habitación a oscuras; entonces la sinfonía era perfecta, o casi.
Pero el tiempo inevitablemente se escurre por la alcantarilla de la existencia, y todo pasa, todo.
Al final la salvación no es más que quimera de colores amables como el rayo. Y, como el rayo, nos hace temblar en la oscuridad de la ausencia.
Podría hablar con la persona en la que pienso en este momento por horas, días, años. Pero viviendo, si no se acabarían las palabras, o, la otra (mejor) opción: la creación de un mundo particular lleno de imágenes compartidas, lleno de signos comunes, otro mundo fuera de la muerte, en vida.
Cosas así son las que uno tiene en cuenta en el momento exacto en el que ciertas razones para vivir se descubren. Aunque no importe cuánto uno logre o cuánto uno haga, eso no va a salvarnos, y, por eso mismo, podemos apreciar las razones por las cuales no vale la pena el juego fútil de intentar salvarse de algo que es irreversible y atroz, eso que algunos, como yo, llaman vivir, y que otros simplemente no lo llaman de ninguna forma porque simplemente lo hacen.
Como cuando uno junta monedas, así es el proceso de juntar memorias de gente: amados, odiados, padre, madre, mujeres importantes, mujeres abandonadas y heridas, buenas acciones, malas acciones; ninguna de esas cosas suman a la hora de salvarse, y nada, nada de lo dicho por las quimeras celestes tiene sentido a la hora de sumar el peso de lo vivido.
Sin embargo (el tan esperado) cosas como esos diálogos sin fin, cosas como esos diálogos sin fin en la costanera, en el departamento, en cualquier bar de cualquier mundo, a uno lo salvan, aunque sea un instante. Aunque sea contradictorio, como todo. Aunque no sea cierto. Nos salvan. Aún más los abrazos, los besos. Aún más la empatía, esa metacomunicación del alma.
Los colores dicen cosas: charlas verdes, charlas azules, rojas, violetas, grises.
Y en la noche profunda los colores se fundían encadenándose los acordes de los trémulos cuerpos que éramos en la habitación a oscuras; entonces la sinfonía era perfecta, o casi.
Pero el tiempo inevitablemente se escurre por la alcantarilla de la existencia, y todo pasa, todo.
Al final la salvación no es más que quimera de colores amables como el rayo. Y, como el rayo, nos hace temblar en la oscuridad de la ausencia.

