En la puta calle.
Me parece algo bastante conveniente llevar un nombre que termine con O en el maletín mientras se va al quiosco a comprar muñecas de goma y cigarrillos.
Los hoteles son enanos vestidos de frac que lloran de noche, cuando se descubren llenos de sexo y trompadas.
Y uno cruza la calle, al salir, e irremediablemente se encuentra con un par de pantorrillas tan mordibles como un buen asado de domingo lluvioso. Las viejas en las veredas putean con sus dientes postizos y sus pechos de fruta seca a los ciclistas, que aullan ante la imagen de una pollera voladora. Tres o cuatro pares de pechos bailan al compás del tango que tocan las bocinas de los autos, que los envuelven y les sonríen. Un chico y su pelota saltan en la calle aumentando la inconmensurable cólera de los transeúntes y sus trajes de oveja. Una corbata se escurre como una vívora y ahorca a un gordo sudoroso, que lucha por sobrevivir al calor y al resfrío.
Los hoteles son enanos vestidos de frac que lloran de noche, cuando se descubren llenos de sexo y trompadas.
Y uno cruza la calle, al salir, e irremediablemente se encuentra con un par de pantorrillas tan mordibles como un buen asado de domingo lluvioso. Las viejas en las veredas putean con sus dientes postizos y sus pechos de fruta seca a los ciclistas, que aullan ante la imagen de una pollera voladora. Tres o cuatro pares de pechos bailan al compás del tango que tocan las bocinas de los autos, que los envuelven y les sonríen. Un chico y su pelota saltan en la calle aumentando la inconmensurable cólera de los transeúntes y sus trajes de oveja. Una corbata se escurre como una vívora y ahorca a un gordo sudoroso, que lucha por sobrevivir al calor y al resfrío.



