Línea que separa breves comarcas infinitas.

Cerca de las dos de la mañana el cenicero parecía un globo lleno de helio flotando en dirección a una rama sin hojas; pura potencialidad explosiva.
La luna sufría los efectos de la gente que usa lentes para el sol. Y por la ventana se infiltraba esa imagen acompañada de una brisa frágil como un nene con miedo a las cenizas, o a su anterior estado.
La luna sufría los efectos de la gente que usa lentes para el sol. Y por la ventana se infiltraba esa imagen acompañada de una brisa frágil como un nene con miedo a las cenizas, o a su anterior estado.
Gentil mozo estaba acostado, manos quietas en la cintura, pensando sustancias sin palabras. Estaba inmóvil, sintiendo cómo su sangre sufríauna congelación colmada de caras de antaño. Sus pies reaccionaron cuando la luna falleció unos segundos. El susto. El miedo a la inminente venganza de la naturaleza. Y la lógica reacción del cuerpo. De los pies, en este caso. El movimiento causó un temblor imperceptible pero inmediato; el cenicero al borde de la mesa fue deslizando su cristálida anatomía en un espacio aéreo y vertical, hasta impactar el suelo. El ruido.
Gentil hombre se sobresaltó porque en las concavidades de su mente imágenes oscuras de comarcas oscuras se desenrrollaban como un film, envueltas en fuego.
La incompatibilidad entre imágen y sondio desató el escalofrío.
El eclipse lunar se había desarrollado con total normalidad y sintió algo de culpa al asomarse por la ventana y comprobarlo. Estaba en pelotas y el piso era oscuro. Sintió frío cuando la brisa conquistó la raya de su culo. Lloró.
La vida pende de un hilo sutil; cordura.
Y la metafísica urbana se basa en la completa resignación que sentimos ante nuestro inabarcable desasosiego. Nuestro Dios Desasosiego.

